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La nueva ola del surf

Publicado por: Paúl Miguel Ortega González, en Oct 23, 2020

    Aritz Aranburu se enfunda en su neopreno, agarra su tabla y se adentra en la playa de Zarautz, junto a su casa. Lo que debería ser rutinario para un surfista de élite como él se presenta como un momento “casi místico”. Siente la arena bajo sus pies. Saborea la sal que arrastra el aire. Escucha la llamada del mar. Hace semanas que no cabalga las olas. El confinamiento le ha mantenido preso en su casa, en la que pasa cortas temporadas entre viaje y viaje, entre campeonato y campeonato. Esta máquina que presume de haber sido el primer y único español en entrar en el CT o Championship Tour (la primera división del surf, donde se clasifican los 34 primeros del mundo, 17 en el caso femenino) tenía licencia para salir a entrenar, pero decidió someterse a la desescalada, “como todos”. Esa mañana, dispuesto a medirse de nuevo con su eterno rival, se deja engullir por el agua. “Lo que necesitaba, lo que realmente echaba de menos, más que el surf, era el contacto con el mar… Esa conexión con la naturaleza fque solo este estilo de vida ofrece”, cuenta.

Ariane Ochoa, que se coronó como segunda de Europa y quintarn del mundo en su categoría cuando tenía 16 años.

Ariane Ochoa, que se coronó como segunda de Europa y quinta del mundo en su categoría cuando tenía 16 años. DIEGO SÁNCHEZ Y BORJA LARRONDO (THE KIDS ARE RIGHT)

La cuarentena nos ha reconectado con los placeres más terrenales. Las sensaciones que envolvieron a Aranburu son las que cientos de surfistas aficionados buscaban los días previos a la nueva normalidad, cuando un protocolo emitido desde la Federación Española de Surf daba carta blanca para surcar de nuevo las olas. Las playas se llenaron entonces de neoprenos y tablas, y se hizo evidente que el surf, en su esencia más primigenia, vende.

    Libertad, viajes a paraísos naturales, respeto por el medio ambiente… Valores que han enganchado a esta práctica a más de 23 millones de personas, según la International Surfing Association. Pero para unos pocos, como Aranburu o el gallego Gony Zubizarreta, es también una profesión. Se conocieron con 11 años en un campeonato en Francia y juntos experimentaron los últimos coletazos de ese estilo de vida hippy y cañero, de noches en la playa. “Entonces los campeonatos sí eran una fiesta”, recuerda Aranburu. Fue esa imagen del surfista como auténtico vividor la que las marcas de moda surfera exportaron a finales de los noventa. En los dos mil se universalizó el sueño surfer. De Nueva York a Madrid, todo el mundo vestía las míticas sudaderas y bañadores con el sello de Quiksilver, Rip Curl, Billabong… Y así, las empresas que habían nacido como negocios familiares a manos de surferos se convirtieron en compañías internacionales con facturaciones millonarias.

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